Microbiota, depresión y ansiedad, ¿cuál es la conexión?
17 de noviembre de 2022

El área del microbioma intestinal es actualmente el foco de los estudios más fascinantes de la investigación científica, siendo que las implicaciones sistémicas
El área del microbioma intestinal es actualmente el foco de los estudios más fascinantes de la investigación científica, siendo que las implicaciones sistémicas de nuestro ecosistema intestinal son muy significativas y diversas, e incluyen el cerebro y todo el sistema neuro-comportamental.
La idea de que lo que ocurre en el intestino se queda en el intestino, es cosa del pasado. Hay más microorganismos en nuestro intestino que células humanas en todo el cuerpo. La estimación es que tenemos 100 billones de bacterias por cada 10 billones de células en todo el cuerpo humano.
Este conjunto de microbios juega un papel fundamental en el mantenimiento de la salud, a través de diversos mecanismos. Discutiremos la interacción de la microbiota con el cerebro –el llamado eje cerebro-intestino– y su contribución a síntomas neuropsiquiátricos, como la ansiedad y la depresión.
¿Existe evidencia que sugiera una asociación entre los trastornos neuropsiquiátricos y la microbiota?
Existen varios estudios que demuestran un efecto de la flora intestinal en la depresión y la ansiedad, incluyendo algunos que analizaron intervenciones moduladoras de la microbiota, como prebióticos y probióticos.
En un estudio particularmente interesante, publicado en 2016, investigadores decidieron trasplantar el material fecal de 34 pacientes con depresión en ratones. (1) El estudio contenía un brazo de control en el que el trasplante fecal se realizó a partir de donantes sanos. Posteriormente, el análisis de los ratones que habían recibido trasplantes de donantes deprimidos reveló comportamientos depresivos, como la anhedonia (falta de placer) y el aumento de la ansiedad. Los ratones del grupo de control no exhibieron alteraciones significativas en su comportamiento. Este es un estudio en animales, que nunca debe considerarse la mejor evidencia científica, pero no deja de ser fascinante.
Por su parte, un estudio retrospectivo en el Reino Unido, buscó relacionar diagnósticos de depresión y ansiedad con la prescripción de antibióticos en el año anterior. (2) El objetivo era percibir si los individuos que tomaron antibióticos tendrían mayor probabilidad de ser diagnosticados con uno de los trastornos citados. La muestra recolectada fue bastante satisfactoria (cerca de 200.000 pacientes con depresión y 15.000 con ansiedad). Se concluyó que la ingesta de antibióticos contribuyó a un aumento del riesgo del 25% en el diagnóstico de depresión y del 17% en relación con la ansiedad. Cursos repetidos de antibióticos aumentaron aún más el riesgo (hasta un 50%). Siendo la toma de antibióticos un factor disruptor de la microbiota, esta asociación sugiere la existencia de una relación entre las variables, a pesar de no poder establecer causalidad.
Podemos pensar en la microbiota como un conjunto de obreros que habita nuestro intestino, con el cual podemos establecer una relación de simbiosis (en la que ambos intervinientes se benefician) o de disbiosis (en la que existe perjuicio para el huésped, es decir, nosotros). En lo que concierne al sistema nervioso central, la microbiota puede interferir en su funcionamiento a través de las siguientes vías:
Ciertos agentes de la flora intestinal producen sustancias que tienden a activar nuestro sistema inmunitario e inducir la liberación de citoquinas (mensajeros químicos) inflamatorias. De forma aguda, todos hemos sentido alteraciones del humor y la energía cuando estamos enfermos. Esto se debe, precisamente, a las citoquinas inflamatorias, y puede constituir un mecanismo adaptativo y protector. Sin embargo, cuando esta estimulación es crónica, aunque en menor grado, provoca una activación persistente del sistema inmunitario.
Una publicación de 2011, en 34 voluntarios, estudió el efecto de la administración de LPS, o endotoxina, en varios parámetros analíticos y subjetivos. (4) La endotoxina es una sustancia presente en la membrana de bacterias Gram negativas (un tipo de bacterias presente en el intestino, que puede ser problemática cuando hay exceso). Estos autores demostraron que la exposición a endotoxina tuvo un efecto temporal en los siguientes parámetros:
El epitelio intestinal (revestimiento interno del intestino) tiene una función fundamental, pues debe permitir el paso de nutrientes, pero ser “impermeable” a toxinas y antígenos de microorganismos, en la medida de lo posible. Tal función de barrera depende de varios factores, algunos de los cuales están influenciados por las bacterias presentes en el intestino. Estas bacterias asisten en el mantenimiento de la integridad del epitelio, a través de la producción de ácidos grasos de cadena corta (como el butirato), la regulación de la respuesta inflamatoria y la promoción de niveles adecuados de mucina (capa de moco que protege el epitelio). Cuanto más permeable sea el epitelio intestinal, mayor podrá ser la entrada en la circulación de las endotoxinas bacterianas, y la consecuente activación del sistema inmunitario.
Un estudio publicado en 2018, en 50 pacientes con depresión, demostró niveles elevados de marcadores de permeabilidad intestinal, como la zonulina sérica, en comparación con individuos sanos. (5)
Este contenido forma parte del compromiso de Clínica Revitalize de traducir la ciencia en práctica clínica accesible, sin perder rigor ni profundidad.
